Dinastía Borgoña (1126-1230)

Alfonso VII el Emperador (1126-1157)

Alfonso VII era hijo de la reina Urraca y del borgoñón Raimundo, personaje llegado a España para contribuir a la lucha contra el Islam, cuando no de hacer fortuna personal en aquella frontera de la Cristiandad. Raimundo de Borgoña lo hizo desde luego, al casarse con doña Urraca y convertirse en señor feudal de Galicia. Allí en Galicia nació Alfonso Raimúndez, el futuro Alfonso VII, hacia el año 1105. Desasistido de la protección paterna, pues Raimundo de Borgoña había muerto en 1107, Alfonso Raimúndez estuvo durante bastante tiempo bajo la custodia del conde de Traba, su ayo y cabeza de una de las familias más poderosas de Galicia. Sin embargo en León no parece que nadie contara con él como un posible candidato al trono, hasta el punto que su abuelo buscó en el rey de Aragón un nuevo marido para su madre doña Urraca, más acorde con la tradición gótica y alejada de elementos extraños a la Península, como en definitiva había venido a ser los borgoñones. Durante bastante tiempo, todavía durante el reinado de su madre doña Urraca, el futuro Alfonso VII no fue otra cosa que un juguete en manos de algunos de aquellos poderes que se disputaban la supremacía en uno y otro territorio. En 1111, las fuerzas vivas de Galicia, capitaneadas por el obispo de Santiago, Gelmírez, le proclamaron rey de Compostela. Tras la victoria militar de su padrastro aliado con los condes de Portugal, alejó a Alfonso Raimúndez de Galicia y le llevó primero a León, junto a su madre, y después a Toledo en el año 1118. Después de reinar en Toledo, Alfonso Raimúndez lo hizo en Sahagún, sede de uno de los monasterios más importantes leoneses.
Cuando murió doña Urraca, cerca de Saldaña, el 9 de marzo de 1126, su hijo se trasladó de Sahagún a León para ser allí reconocido y coronado. Debido a la cercanía, la ceremonia tuvo lugar dos días después en la catedral leonesa de Santa María como heredero de los reinos de su abuelo Alfonso VI, con la presencia de todo el clero y del pueblo de la ciudad. No tuvo que hacer frente a ningún otro pretendiente o competidor directo salvo su antiguo padrastro el rey de Aragón, quien mantenía bajo control, buena parte de las tierras y concejos castellanos, al oeste de Burgos. Alfonso había enviado legados suyos a los magnates gallegos con el aviso de su entronización; y aunque éstos se dispusieron a salir inmediatamente, no pudieron presentarse en León a tiempo para asistir a la regia ceremonia. El rey, deseoso de extender lo antes posible su autoridad por todos los territorios del reino, salió de León para Zamora sin esperar a sus súbditos gallegos, a quienes recibió en esta importante ciudad leonesa. También llegaron a esta ciudad el obispo Gelmírez con muchos abades y obispos de Galicia, así como todos los miembros de la familia Fróilaz, encabezados por el conde Pedro Fróilaz de Traba, ayo del monarca. También en Zamora, Alfonso VII, preocupado por la cuestión portuguesa, entró en relación con su tía la condesa de Portugal y con el consejero y amante de ésta, Fernando Pérez de Traba, uno de los hijos del primer matrimonio del conde Pedro de Traba.
A mediados de julio, Alfonso VII regresa a León para celebrar la primera curia regia extraordinaria de su reinado. A ella asistieron el arzobispo primado de Toledo, don Raimundo y del legado de la Iglesia de Roma, el arzobispo Gelmírez de Compostela, junto a los obispos de León, Astorga y Oviedo y gran número de condes y potestades de León, Asturias, Galicia y Extremadura; otros aparecen por primera vez al lado del rey, como el nuevo tenente de las Torres de León. En este grupo de magnates, destaca la presencia de Suario Bermúdez cuya firma aparece siempre en primer lugar en los documentos de Alfonso VII durante su primer año de reinado. Pronto emprende Alfonso una política encaminada en ganar voluntades en Castilla. En 1127 surgen los condes de Lara (Rodrigo y Pedro) en la curia regia. Con estas adhesiones, más o menos firmes, de señores castellanos, el rey comienza a tener un dominio efectivo en las tierras situadas al occidente de Burgos. Los mayores problemas políticos y territoriales a los que hubo de enfrentarse Alfonso VII durante los primeros años de su reinado, se derivaron fundamentalmente de sus relaciones con su padrastro Alfonso I de Aragón. La ocupación que este último, mantenía en buena parte de Castilla, se presentaba como la mayor pérdida para el nuevo monarca leonés. El monasterio de Sahagún y la sede arzobispal de Santiago, que contaba con privilegios de acuñación de moneda, financiaron las campañas que el rey leonés dirigió contra el de Aragón en Castilla el mismo año de 1127; lo que hizo posible la recuperación de Burgos y Carrión, además de la pacificación y sometimiento de muchos de los concejos de la Tierra de Campos. Este avance leonés en Castilla propició la firma del Tratado de Támara con Aragón, aquel mismo año de 1127. Bien es verdad que la realidad impuso un ritmo lento a la consolidación de la posición de Alfonso VII en tierras castellanas. Hasta bien entrado 1131 sus tropas no pudieron tomar las posesiones más avanzadas de los aragoneses, y aún entonces, hubo de esperar a la muerte de Alfonso I el Batallador acaecida cerca de Cariñena en 1134 para que su dominio sobre Castilla fuese completo. Mientras tanto, y como forma de reforzar su posición en el resto de la Península, el rey de León y sus consejeros iniciaron una cuidadosa política de pactos, alianzas y vasallajes. Entre los primeros vasallos del rey de León es necesario contar con el gobernador musulmán de Rueda de Jalón Abu Chafar Ahmad ben Hud más conocido entre los cristianos como Zafadola (Saif al-dawla o Sable del Estado).
La muerte de Alfonso I el Batallador sin sucesor directo creaba una situación crítica que su testamento agravaba, pues en él dejaba sus reinos a las tres Órdenes Militares fundadas en Jerusalén después de su conquista por los cristianos: la del Santo Sepulcro, la del Hospital de San Juan y la establecida cerca del templo de Salomón, llamada por ello del Temple. Testamento propio de un ferviente idealista, pero totalmente incompatible con la realidad. Los magnates aragoneses reconocieron inmediatamente por rey a Ramiro II, hermano del Batallador, que había sido monje benedictino en un monasterio de Francia, abad de Sahagún, obispo de Burgos y, por último, nombrado obispo de Roda-Barbastro. Ramiro, llamado el Monje por sus antecedentes, aceptó la corona de su hermano para salvar al reino de la tremenda confusión en que el testamento de éste lo había sumido. Los magnates y obispos navarros, por su parte, proclamaron rey de Navarra a García Ramírez, de linaje real navarro por parte de padre. De esta manera Navarra se separó de Aragón, y García Ramírez pasó a la historia con el sobrenombre de el Restaurador. En estas complicadas circunstancias se consideró obligado a defender el porvenir de la dinastía y contraer matrimonio para procrear un legítimo heredero. De esta manera, Ramiro II contrajo matrimonio con Inés de Poitiers, sobrina del conde de Tolosa. Pocos años antes, en 1128, Alfonso VII se había casado con doña Berenguela, hija de don Ramón Berenguer III, conde de Barcelona. Este matrimonio supuso una firme alianza política entre León y las autoridades más importantes del noreste de la Península. Alianza que terminó en vasallaje de los herederos del conde con respecto al monarca leonés.
Alfonso VII era entonces, pues, legítimo rey de Asturias, León, Galicia y Portugal, Castilla y Toledo, y eran sus vasallos el rey de Pamplona, el conde de Barcelona y algunos condes de allende Pirineos. Todo ello le llevó a creer que había llegado el momento de convocar en León, capital de la monarquía astur-leonesa, una curia regia extraordinaria para exaltar públicamente su condición imperial, mediante la solemne coronación como emperador de España. Y en León se reunieron, el 26 de mayo de 1135 durante tres días, los más altos cargos del reino, según cuenta la Chronica Adefonsi Imperatoris, atribuida a Arnaldo obispo de Astorga:

En el mismo año en que acontecieron estos sucesos, el conde Ramón de Barcelona, cuñado del rey, y su pariente el conde Alfonso de Tolosa, vinieron a presencia de aquél y le prometieron obedecerle en todo; se hicieron sus vasallos, tocando la diestra del príncipe para reconocer solemnemente la fidelidad que le debían, y recibieron del rey leonés, el conde de Barcelona, Zaragoza, en honor o tenencia, conforme a las costumbres de León, y el de Tolosa, con la honor, un vaso muy bueno de oro que pesaba 30 marcos, muchos caballos y otros muchos regalos.
Después acudieron unánimes al rey todos los nobles de Gascuña y de la tierra vecina hasta el Ródano y Guillermo de Monte Pesulano, recibieron del príncipe plata y oro, diversos, variados y preciosos dones y muchos caballos, y se sometieron a él, obedeciéndole en todo. Más tarde llegaron también ante el rey muchos hijos de los condes, jefes y potestades de Francia y muchas gentes de Poitu, recibieron de él armas y otros muchos regalos, y así se extendieron los límites del reino de Alfonso, soberano de León, desde el gran Océano, junto a Padrón de Santiago, hasta el Ródano.
Ocurridos estos sucesos, en la Era de MCLXXIII señaló el rey el día cuarto de las nonas de junio, festividad del Espíritu Santo, y la ciudad regia de León, para celebrar un concilio o asamblea plena de su curia con los arzobispos, obispos, abades, condes, príncipes y jefes de su reino. El día establecido llegaron a León el rey, su mujer la reina doña Berenguela, su hermana la infanta doña Sancha, García, soberano de los Pamploneses, todos cuantos el monarca leonés había convocado, una gran turba de monjes y de clérigos, y una muchedumbre innumerable de gentes de la plebe que habían acudido a León para ver, oír y hablar la palabra divina.
El primer día del concilio se reunieron con el rey en la iglesia de Santa María todos los grandes y quienes no lo eran, para tratar de las cosas que les sugiriese la clemencia de Nuestro Señor Jesucristo y fueran convenientes a la salvación de las almas de todos los fieles.
El segundo día en que se celebraba la venida del Espíritu Santo a los apóstoles, los arzobispos, obispos, abades, nobles y no nobles y toda la plebe, se juntaron de nuevo en la iglesia de Santa María, y estando con ellos el rey García de Navarra y la hermana del soberano de León, siguiendo el consejo divino, decidieron llamar emperador al rey Alfonso, porque le obedecían en todo el rey García, Zafadola rey de los sarracenos, Ramón conde de Barcelona, Alfonso conde de Tolosa, y muchos condes y jefes de Gascuña y de Francia. Cubrieron al rey con una capa óptima tejida de modo admirable, le pusieron sobre la cabeza una corona de oro puro y piedras preciosas, le entregaron el cetro, y teniéndole del brazo derecho el rey García y del izquierdo el obispo Arriano de León, le llevaron ante el altar de Santa María con los obispos y abades que cantaban el Te Deum laudamus. Se gritó viva el emperador, le dieron la bendición, celebraron después misa solemne y cada uno regresó a sus tiendas. Para solemnizar la ceremonia, dio el emperador en los palacios reales un gran convite, que sirvieron condes, príncipes y jefes, y mandó repartir grandes sumas a los obispos, a los abades y a todos, y hacer grandes limosnas de vestidos y alimentos a los pobres.
El tercer día se juntaron el emperador y todos los otros en los palacios reales como solían hacerlo, y trataron de los asuntos relativos al bien del Reino y de toda España. Dio el emperador a todos sus súbditos leyes y costumbres como las de su abuelo el rey Alfonso; mandó devolver a todas las iglesias las heredades y colonos que habían perdido injustamente y sin resolución judicial, y ordenó que se repoblasen las ciudades y villas destruidas durante las pasadas discordias y que se plantasen viñas y todo género de árboles. Decretó también que todos los jueces desarraigasen los vicios de aquellos hombres que los tuviesen contra la justicia y los decretos de los reyes, príncipes, potestades y jueces... Mandó, asimismo, a los alcaides de Toledo y a todos los habitantes de Extremadura, que organizaran sus huestes asiduamente, que hicieran guerra a los infieles sarracenos todos los años y que no perdonasen las ciudades y castillos, sino que los tomasen todos para Dios y la ley cristiana. Terminadas estas cosas y disuelto el concilio, marchó cada uno a su casa lleno de gozo, cantando y bendiciendo al emperador y diciendo: «Bendito seas tú y bendito sea el reino de tus padres y bendito sea el Dios excelso que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en ellos, el Dios que nos visitó y tuvo con nosotros la misericordia prometida a los que esperan en él».

Con la coronación imperial de Alfonso VII, y el predominio de la autoridad en la España cristiana, la idea imperial leonesa había alcanzado su apogeo, llegando incluso a ser conocida más allá de los Pirineos. Desde su proclamación, el monarca leonés trata de extender su autoridad a todo el ámbito peninsular y se titula Imperator Hispaniarum o totius Hispaniae Imperator. A partir de 1136 los documentos que salen de la cancillería imperial sustituyen la expresión regnante por la de Imperante. La expansión de sus dominios hacia oriente y el viejo prestigio de la capital visigoda, llevan a la centralización de la curia imperial en Toledo. Esta se antepone así a León, que encabeza la enumeración de los territorios que componen el imperio. Tres días después de la coronación imperial en la catedral de León, Toledo ya es llamada urbe regia. Para realzar más el prestigio de su corona cambió la fórmula Adefonsus Imperator Legionis et Toleti por otras como Imperatore Regnante in Toleto, in Legione, aunque su titulación varía mucho con el lugar y el tiempo pues en ella suele destacarse el país donde el documento se expide.
Durante el reinado de Alfonso VII el Emperador se produce en España un hecho que tendrá gran trascendencia histórica: la unión de Cataluña y Aragón en la corona de un mismo soberano. En 1137 Ramiro II ya tenía una hija, Petronila, que aseguraba la sucesión en el trono de Aragón, pero según el derecho aragonés la heredera tenía que casarse con un varón de linaje real que ejerciera de potestad regia sobre sus estados, por lo que Ramiro concertó los esponsales de la niña, de apenas un año de edad, con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV. Ramiro II se apartó por completo de los asuntos de gobierno y sólo retuvo nominalmente el título real hasta su muerte en 1157. Petronila heredó entonces el título de reina de Aragón, pero la potestad regia correspondía a su esposo el conde de Barcelona quien, con el título de príncipe de Aragón, se convirtió, de hecho, en soberano del reino aragonés. Ya gobernante del reino de su mujer, Ramón Berenguer IV se entrevistó en Carrión, en el año 1140, con Alfonso VII a quien prestó vasallaje por el reino de Zaragoza que, bajo la supremacía del emperador leonés, continuó confiando al conde catalán en su condición de príncipe de Aragón. La unión del conde de Barcelona con la heredera del trono de Aragón, y el subsiguiente acuerdo con Alfonso VII, salvó nominalmente la supremacía imperial del monarca leonés en estos dos estados. Como los soberanos de Aragón habían tomado el título de rey y los de Cataluña continuaban usando el de conde de Barcelona, a partir de Ramón Berenguer IV el nombre de Aragón encabezaba la titulación de los soberanos catalanes. Los dos pueblos, aragoneses y catalanes, mantuvieron sus instituciones y sus costumbres políticas. Cuando los reyes catalanes se dirigían a sus súbditos aragoneses, lo hacían generalmente en castellano, pero en las reuniones extraordinarias de las Cortes Generales de todos los reinos de la monarquía, el discurso de la corona se presentaba en catalán. Por otra parte, el acuerdo del emperador con la corona unida catalano-aragonesa había aumentado el distanciamiento entre aragoneses y navarros. En 1140 Alfonso VII llega a un convenio con el rey de Navarra, según el cual éste renovaba vasallaje al rey de León, a la vez que se pactaba el matrimonio de la infanta doña Blanca, hija del Restaurador navarro, con el infante don Sancho, hijo primogénito del Emperador. Pero este triunfo de la política imperial leonesa no acabó con la guerra entre los reyes de Navarra y Aragón. García Ramírez y Ramón Berenguer IV continuaron sus desavenencias y choques armados que, en reiteradas ocasiones, obligaron a intervenir como mediador al emperador leonés.
Por otra parte, desde un punto de vista político, la coronación imperial de Alfonso VII no siempre tuvo los resultados esperados, como sucedió con el proceso de independencia de Portugal. Tanto doña Teresa, condesa de Portugal, como su hijo Alfonso Enríquez, a partir de 1127, tuvieron como objetivo primordial la segregación de un reino independiente. Enfrentamientos, treguas y juramentos se sucedieron sin ningún provecho para León, ni siquiera cuando en 1143 Alfonso Enríquez consiguió ser reconocido como rey por el emperador leonés en Astorga. La ruptura total se consumó poco después, cuando el rey de Portugal decidió prestar vasallaje al pontificado en detrimento del rey de León. A pesar de que León tardó bastante tiempo en aceptar la ruptura de los lazos jurídicos que unían a su corona con la de Portugal, el tiempo terminó por consagrarla. Hasta el momento de su separación en 1143, la historia de Portugal es, en líneas generales, la de Galicia. En aquel momento las tierras portuguesas eran parte geográfica de las gallegas, y tenían las mismas estructuras sociales y políticas y los mismos señores feudales, la misma cultura y la misma lengua que el resto de Galicia. Las diferencias nacionales entre los dos pueblos se producen después. Son consecuencia, no causa, de la independencia portuguesa.
Es posible que, para las aspiraciones peninsulares de Alfonso VII, el vasallaje de Zafadola, el rey de los andaluces, fuese el que mayor importancia tuvo de todos los que le prestaron; pues, gracias a él, el monarca leonés se vio animado a iniciar sus intervenciones en el al-Andalus contra los almorávides. A partir de 1123, el rey de León y su aliado muladí colaboraron en las campañas cordobesas y las márgenes del Guadalquivir, atacar ciudades tan importantes como Sevilla, Carmona o Jerez, y llegar incluso cerca de Cádiz. Sin embargo, a la hora de ganar terreno, el esfuerzo militar se dirigió fundamentalmente hacia la Trastierra, nuestra actual Extremadura. El establecimiento estable de leoneses en aquella parte, comienza sin duda con la conquista de Coria en 1142, que permite el dominio del valle de Aragón y la instauración de una sede episcopal en la ciudad recién ocupada. Anteriormente ya se habían dado los pasos necesarios cuando los mílites de Zamora y Salamanca se apoderaron, en 1136, de la población de Ciudad Rodrigo. La Chronica Adefonsi Imperatoris hace referencia a estas iniciativas de los caballeros salmantinos, que llevaron a cabo bajo el conde Poncio y otros duces del emperador. Alfonso VII dedicó también bastante atención militar a la frontera de Toledo, comenzando por la conquista del castillo de Oreja, que se consumó en 1139, y tratando de afianzar el avance cristiano hasta el Guadiana. Una nueva expedición de Alfonso VII sobre Córdoba, en la primavera de 1146, hizo posible que se consumara pocos meses después la conquista de Calatrava. Por fin, en 1147 llegaba la más espectacular de las empresas reconquistadoras de Alfonso VII, la conquista de Almería. Además, Almería, habría de convertirse en el símbolo de la lucha contra una nueva invasión africana: la de los almohades.
Almería era entonces un activísimo puerto comercial que centralizaba, en gran parte, el tráfico del Ándalus con el norte de África y el oriente islámico; pero, además de un emporio mercantil, Almería no era menos importante centro de los piratas musulmanes que infestaban estas aguas y aterrorizaban a los navegantes cristianos que en ellas transitaban. El emperador leonés aceptó la propuesta de las repúblicas italianas y decidió organizar una gran campaña, junto con los catalanes para conquistar Almería. Las huestes de Alfonso atacarían por tierra la ciudad, mientras que las naves catalanas cooperaban en una gran acción naval a cargo de las flotas de Génova y de Pisa. En el camino hacia Almería ocupó las plazas de Úbeda y Baeza con la ayuda del gobernador Ibn Ganiya, partidario de los almorávides. Al pie de las murallas de Almería, el emperador leonés reunió un gran ejército formado por sus huestes y las de sus aliados y vasallos: las tropas catalanas y aragonesas de Ramón Berenguer IV, los vascones de García Ramírez el Restaurador, los franceses del conde Guillermo de Montpellier; los gallegos, asturianos, leoneses y castellanos de sus reinos de León y Castilla. Mientras, las naves catalanas, pisanas y genovesas habían bloqueado el puerto. Así, asediada por mar y atacada por tierra, Almería fue conquistada por el rey-emperador Alfonso VII de León. Todos los pueblos de España salvo Portugal, recién separada del tronco leonés, participaron en esta empresa peninsular.
La invasión almohavide a mediados de la década de los cuarenta, encabezado por un bereber del Alto Atlas conocido por Ibn Turmat fue, sin duda, un factor importante para un cambio de coyuntura. Con la nueva ocupación africana de parte del al-Ándalus terminan los grandes proyectos de expansión en el siglo XII. Poco a poco el rey de León, aunque mantuvo y amplió su título imperial, no dejando de anotar el nombre de sus grandes vasallos en sus documentos, renunció a gran parte de su protagonismo. Sus relaciones con Navarra y Aragón se fueron haciendo más políticas y en términos de igualdad, frente a un enemigo común que llegaba una vez más desde el norte de África. Hacia 1146, y tras siete años de luchas en el Magrib, el movimiento almohade había desplazado definitivamente al almorávide, sin que tuviera que pasar mucho tiempo para que esta nueva situación repercutiera en el al-Ándalus. Algunos taifas del sur de la península ibérica se adhirieron a los nuevos dominadores norteafricanos. Por su parte, los almohades enviaron un ejército a la península que ocupó Tarifa y Algeciras. Sometió a los señores del Algarve y continuó su avance por tierras de Badajoz. Para contrarrestar estos avances almohades Alfonso VII tomó varias medidas: en primer lugar, buscó y encontró un nuevo aliado en el hispano-musulmán Abn Mardanish, conocido como el rey Lobo o Lopez de Murcia; en segundo lugar, y a través del tratado de Tudején, firmado con Aragón en 1151, procuró que quedaran trazadas las lineas fundamentales de expansión de Castilla; y, en tercer lugar, centró todos sus esfuerzos personales en la defensa de Almería. A pesar de todo esto, los almohades continuaron un avance imparable que les llevó a Málaga en 1153 y poco después a Granada. Alfonso VII intentó contrarrestar este avance de Pedroches, Santa Eugenia y Andujar en 1155; aunque no pudo evitar, con el tiempo, la agonía de la propia Almería, que había de perder poco antes de su muerte. Por otra parte, la tolerancia de los primeros almohades con relación al pensamiento especulativo no religioso fomentó la actividad intelectual. La filosofía griega, especialmente la obra de Aristóteles, penetra en el Ándalus, de donde pasa a la cristiandad occidental. El musulmán Averroes y el judío Maimónides, ambos de cuna cordobesa, tratan de conciliar filosofía y religión.


Sancho III, Fernando II, el abad Willelmus, Alfonso VII y el conde Ponce de Cabrera (1148)

Junto a la nueva invasión africana, la otra gran preocupación de Alfonso VII al final de su reinado fue la de su sucesión en los reinos de León y Castilla; sobre todo a partir de la muerte de la reina doña Berenguela. Alfonso VII se volvió a casar con la polaca doña Riquilda (Rica) en 1152 y que con la cual tuvo dos hijos, no por ello dejó de pensar en sus otros hijos, Sancho y Fernando y como hacer la división de la herencia. Esta división que estaba prevista con bastante antelación, se aprobó definitivamente en el Concilio celebrado en Valladolid el año 1155. En él se acordaron los términos precisos de segregación: al primogénito Sancho recibiría Castilla con Avila, Segovia y Toledo y aquellas villas que estaban más allá de la sierra y al este de la calzada de la Plata, además de tierra de Campos, Sahagún y Asturias de Santillana; mientras que el futuro Fernando II de León recibiría el resto del reino con Toro, Zamora, Salamanca, Galicia y Asturias.
Tras estos acuerdos, la Navidad de 1156 la pasó Alfonso VII en León rodeado de todos sus hijos, incluidas la reina de Francia Constanza y la reina Sancha de Navarra. Esta reunión familiar se trató en realidad de una despedida, ya que Alfonso VII murió en Fresnada el 21 de agosto de 1157, cuando se ocupaba precisamente de la evacuación cristiana de Almería, cuya alcazaba estaba sitiada por los almohades desde el mes de junio anterior. Con él desaparecía también la antigua idea imperial: los títulos honoríficos y hegemónicos quedaban, eso si, unidos a su recuerdo.


Reino de León durante el reinado de Alfonso VII

Fernando II (1157-1188)

El futuro rey de León, Fernando II, nació seguramente en 1137. Era el segundo hijo de Alfonso VII y de su esposa Berenguela, hija de Ramón Berenguer III, conde de Barcelona, y de su esposa, Dulce de Provenza. Cuatro años antes había nacido el primogénito, Sancho III, que sería rey de Castilla. Los primeros años de vida del príncipe parecen discurrir en tierras leonesas, a los que están vinculados sus ayos, el matrimonio formado por Suero Alfonso y Juliana Martínez. Desde los cuatro años, aproximadamente, su vida transcurrió en tierras de Galicia, por la que siempre mostró una gran predilección, y en la que se encuentran las personas de su confianza. Su educación fue encomendada al poderoso Fernando Pérez de Traba, la primera figura del reino. Gallegos son también su capellán, Rodrigo Menéndez, su maestro, Pedro Gudesteiz, luego arzobispo de Compostela, y algunos de los clérigos de su casa, como Fernando Pando, que será arcediano de Mondoñedo. La herencia de Alfonso VII se estructura en dos reinos, León y Castilla, cuya mayor fuerza militar la sitúa en primer plano. Para entender correctamente el testamento de Alfonso VII conviene advertir en él dos aspectos de gran interés, uno de carácter privado y otro de naturaleza pública. En virtud del primero, se reconocía el derecho de los varones a recibir una parte del reino, cuestión ésta en la que intervinieron varios destacados miembros de la familia real; el otro, de índole pública, según el cual cada comunidad política había de tener un príncipe propio. Lo que realmente hacía Alfonso VII era reconocer la existencia, en sus dominios, de dos identidades diferentes: León, con Galicia, Asturias y las tierras de su Extremadura, y Castilla, junto con las tierras vascongadas, riojanas y la extremadura castellana. El 21 de agosto de 1157 moría Alfonso VII a su regreso de una fallida expedición por socorrer la guarnición cristiana de Almería que, naturalmente, abandonada a sus solas fuerzas capitulaba inmediatamente.
La desconfianza parece haber sido la primera reacción de Fernando II, que marchó rápidamente a León para tomar posesión de su reino. También Alfonso I, el rey portugués, acudió presuroso a León para entrevistarse con el nuevo monarca; debió haber garantías de que las relaciones con Portugal no sufrirían alteraciones. Sin duda las había en relación con Castilla, con quien era preciso regular otras diversas cuestiones, entre ellas la presencia en Castilla, al servicio del soberano castellano, de Ponce de Cabrera, que podía tener graves consecuencias si otros nobles se sumaban al castellano y ponían en entredicho la herencia recién establecida. Ponce de Cabrera había tenido del rey leonés la tenencia de Zamora, pero había sido desposeído de ella como consecuencia de un motín urbano, ocurrido a finales de 1157, que había amenazado con un abandono de la ciudad por sus pobladores. Esas y otras cuestiones fueron objeto de atención por los dos hermanos, Fernando II y Sancho III, que se reunieron en Sahagún, el 23 de mayo de 1158, probablemente, por mediación de las mujeres de la familia real: Sancha, su tía, y Estefanía, su hermanastra. El acuerdo que allí firmaron contenía una reorganización territorial de la península. En las relaciones entre ambos reinos, se establecía un mecanismo de mutua sucesión, en caso de ausencia de herederos. Se decidió también el reparto de Portugal, cuya legitimidad no se reconocía, al igual que había sucedido respecto a Navarra, en los acuerdos entre Sancho III y Ramón Berenguér IV. Fernando establecería la división de Portugal y Sancho III elegiría la porción que prefiriese. También se abordó, con gran optimismo, la acción contra el Islam: la España musulmana quedaba dividida en sendas zonas cuya reconquista se reservaba a cada uno de los firmantes del acuerdo. La porción leonesa abarcaba de Niebla a Lisboa, así como la mitad del territorio de Sevilla. Las noticias de lo tratado en Sahagún llegaron a Portugal, motivando la protesta y la reacción armada de Alfonso I en la frontera de Toroño, donde causó algunos daños. De todos modos no hubo lugar a la aplicación al tratado de Sahagún, porque en el mes de agosto fallecía el monarca castellano, poniendo obligado final a los grandes proyectos. Dejaba como heredero un niño de solo tres años, Alfonso VIII, cuya herencia no fue discutida por su tío el rey de León. Fernando II se entrevistó con Alfonso I de Portugal, en Cabrera, a finales de noviembre. Preocupado por las cuestiones fronterizas, se vuelve a entrevistar con Alfonso I en Santa María de Palo, en la comarca de Limia, en diciembre de 1159; intervienen en el encuentro, en alguna forma, Ramón Berenguer IV, príncipe de Aragón y conde de Cataluña, en peregrinación a Santiago.
Fernando II se hace titular rey de España, como hijo del emperador que era; una hegemonía que trata de convertir en efectiva. Como primera medida al subir al trono hizo repoblar Ciudad Rodrigo y Ledesma. La primera de ellas era un punto estratégico para garantizar la presencia leonesa en la frontera y impedir que una eventual expansión castellana o portuguesa estrangulasen el contacto leonés con el Islam; para subrayar su importancia, la nueva ciudad se convirtió en sede episcopal. La segunda, Ledesma, era una base imprescindible para asegurar las comunicaciones con la posición avanzada de Ciudad Rodrigo. No tardaron mucho los habitantes de Salamanca en organizar una revuelta por la fundación de Ciudad Rodrigo ya que los salmantinos entendían que los perjudicaba, porque se había hecho a costa de sus términos. La sublevación salmantina exigió respuesta armada, con victoria de las fuerzas reales en Valmuza, en junio de 1162. La dureza empleada en esta ocasión por el monarca se explica por el deseo de intervenir rápidamente en Castilla, lo que venía siendo estorbado por estas perturbaciones internas. En efecto, apoyado por los Castros, abiertamente enfrentados con los Lara, Fernando II entraba en territorio castellano, apoderándose de amplias regiones al sur del Duero y del Sistema Central. Luego se acercó a la frontera con Aragón, en Ágrada, a finales de septiembre de 1162, se entrevistó con el joven rey de Aragón, Alfonso II, que acababa de suceder a su padre, Ramón Berenguer IV, recientemente fallecido. En esta ocasión se acordó el matrimonio del soberano aragonés con Sancha, hermana del leonés, al que prestó homenaje por el reino de Zaragoza. Poco después, los Castros y los Lara se reconciliaban y Fernando era reconocido como regente de Castilla, cosa que no llegó a estar por mucho tiempo, ya que la resistencia castellana, por una parte, y las pocas fuerzas con que contaba, por otra, se lo impedían.
Sancho VI de Navarra estaba creando una nueva monarquía, plenamente soberana, que rechazaba el vasallaje a Castilla, y con una mayor vinculación territorial con el reino. En este momento, todo un símbolo, abandonaba el título de rey de los pamploneses por otro más adecuado a la actual realidad, el de rey de Navarra. Alfonso I de Portugal tampoco parecía conforme con la situación. El rey portugués, probablemente alentado por gentes de Salamanca, se apoderó de esta ciudad, saqueando la tierra de Ledesma. La presencia de Fernando II desbarató los proyectos portugueses en esta zona; sin embargo, reclamado por asuntos castellanos, no pudo impedir que Alfonso I se apoderará de las comarcas de Limia y Toroño, que retendrá durante dos año.
En enero de 1165 celebraba Fernando II una entrevista con su hermana Sancha, reina de Navarra, a la que entregaba una importante fortuna. Por este procedimiento quedaba asegurada la amistad con su cuñado navarro. En abril del mismo año, Fernando II se entrevista en Pontevedra con Alfonso I; firman un acuerdo, en el que se incluye el matrimonio del monarca leonés con Urraca, hija del portugués, como garantía de la amistad; era una solución difícil, por razón de parentesco, aunque se confiaba obtener dispensa. Inmediatamente acudía Fernando II a Medina de Rioseco para rechazar un intento de Nuño Pérez de Lara de ocupar las tierras del infantado. La pérdida de Toledo por los Castro y la renuncia de Fernando II a la regencia de Castilla marcan un cambio de orientación. El interés está, ahora que la presencia almohade comienza a hacerse amenazadora, a dar un nuevo impulso a la reconquista.
El acuerdo con Portugal y el abandono por Fernando II de la regencia castellana, contribuyeron a la creación de una situación política de distensión. Se entra en un equilibrio entre los reinos cristianos sobre el que se aborda una acción expansiva de apoyo a Ibn Mardanish, el taifa que está construyendo un reino andalusí, y que protagoniza, en defensa de un andalusismo antiafricano, un enfrentamiento de duras perspectivas, con los almohades. Equilibrio entre León y Portugal, edificado sobre el Tratado del Lérez y el enlace matrimonial de Fernando y Urraca; equilibrio entre León y Castilla, aunque eran tropas leonesas las que ocupaban las tierras del infantado. Cierto equilibrio también entre Castilla y Navarra. Amistad estrecha entre Aragón que pronto cristalizará en una auténtica alianza; equilibrio entre Aragón y Navarra, con acuerdo de participación de Navarra en la reconquista, proyecto que hacía del andalusí Ibn Mardanish la víctima del expansionismo cristiano.
En 1166, una expedición leonesa se apoderó de Alcántara, al mismo tiempo se producía la evacuación de Toledo por Fernando Rodríguez de Castro al servicio de León: era el fin definitivo de la regencia. En el verano de 1168, Fernando Rodríguez de Castro, por orden de Fernando II viajaba a Marruecos para entrevistarse con el califa almohade. De estas conversaciones sale una alianza entre Fernando II y los almohades, en virtud de la cual éstos prestarán apoyo frente a Castilla y Portugal, a cambio de ayuda leonesa para mantener la situación en Extremadura. La alianza tiene la ocasión de entrar en funcionamiento muy pronto. En mayo de 1169 tropas portuguesas, dirigidas por Gerardo Sem Pavor, tomaba por sorpresa, la ciudad de Badajoz, en cuya alcazaba resistió la guarnición en espera de ayuda exterior. Acudió Alfonso I de Portugal con intención de dominar la resistencia, pero también acudió con celeridad Fernando II. En la propia ciudad tuvo lugar un duro enfrentamiento en el que los portugueses fueron derrotados y Alfonso I sufrió heridas de consideración al intentar huir. Fue hecho prisionero como también Gerardo Sem Pavor. Ambos fueron liberados con severas condiciones. Al año siguiente, nuevamente intentó Gerardo una acción sobre Badajoz, sobre la que configuraron dos ejércitos, el almohade y el de Fernando II, que obligaron a retirarse a los portugueses. Por el momento Badajoz era para Fernando una posición excesivamente avanzada, imposible de defender, por lo que siguió con guarnición almohade.
El 15 de agosto de 1171 la reina Urraca daba a luz, en Zamora, al que sería heredero, el príncipe Alfonso. Era la garantía de la continuidad dinástica. Sin embargo existía una grave preocupación en relación con el matrimonio real para el que todavía no había logrado dispensa, a pesar de las gestiones realizadas en la propia curia romana. Hay que decir, que en estos años, se apreciaba el fortalecimiento de los reinos cristianos, no solo del portugués, sino también del castellano y el aragonés, que había estrechado sus relaciones desde que en junio de 1170 sus respectivos monarcas, Alfonso VIII y Alfonso II, se entrevistaron en Sahagún. No solo era apreciable el robustecimiento cristiano, sino también el de los almohades, decididos a cortar el crecimiento cristiano y a erradicar el intento de andalusismo, ya agónico, de Ibn Mardanish. La primera acción almohade, en 1172, dirigida contra Calatrava se cierra con la sensación de fracaso, sin lograr su objetivo, limitada exclusivamente a reabastecer Cuenca. La sensación de fracaso se ve incrementada por la audaz réplica portuguesa que constituye la toma de Beja por Gerardo Sem Pavor. Alfonso I, ante la imposibilidad de defenderla, ordenó su evacuación y demolición. En 1173, las tropas almohades causaban una grave derrota a un aventurado cuerpo expedicionario castellano, en Caracuel, el 6 de abril. Pocos meses después efectuaron un masivo abastecimiento de Badajoz y limpiaron con energía amplias zonas en torno a la ciudad. Esta dejaba de estar amenazada para convertirse en puerto de partida de una eminente acción ofensiva.
Después de la derrota de Caracuel, los castellanos solicitan una tregua del califa; lo mismo hace Alfonso I. Es posible que Gerardo Sem Pavor, el protagonista de tantas acciones militares, considerase tal actitud como desautorización de su trayectoria que, además, le privaba de medios para sostener a sus huestes. Seguramente por esta razón abandonó el servicio del rey y se pasó al del califa que realizaba una importante adquisición. Poco después Gerardo sería asesinado, probablemente porque no resultaba enteramente fiable por sus nuevos amigos. Así se establecía una tregua por cinco años cuyo efecto más visible era que León quedaba solitario, como único enemigo frente a la potencia almohade. Este descargó su fuerza desde septiembre de 1174 sobre la extremadura leonesas: cayeron Alcántara y Cáceres, y fueron evacuadas todas las posiciones al sur del Tajo, excepto las de Fernando Rodríguez de Castro que tenía treguas vigentes con el califa almohade. Todos los cristianos de la frontera se replegaron sobre Ciudad Rodrigo que, pese a lo incompleto de su sistema defensivo pudo detener la acometida y resistir mientras llegaba el socorro solicitado del monarca. Acudió presuroso Fernando II con cuantas fuerzas pudo reunir, y logró levantar el cerco de Ciudad Rodrigo e incluso causó graves pérdidas al ejército enemigo en retirada. Yusuf, el califa almohade, se dedicará en los próximos meses a organizar la reconstrucción de Beja y la repoblación del Algarve. Después, a comienzos de 1176, volverá a sus dominios africanos durante casi una década. La situación en el reino de León tiene unos aspectos preocupantes. El más visible es el retroceso de la frontera, con desmantelamiento de todo el sistema ofensivo-defensivo al sur del Tajo. Fernando II está tratando de paliar esos daños reforzando la frontera en tierras de Salamanca, Ledesma y Ciudad Rodrigo.
Al final no fue posible salvar el matrimonio de Fernando II y Urraca. La reina no esperó que oficialmente se comunicase la sentencia que declaraba ilegítimo el matrimonio. En junio de 1175 anunciaba la decisión de tomar el hábito de la Orden de San Juan de Jerusalén. En adelante figurará en la documentación como freyra de dicha orden. El hijo habido en el matrimonio, el futuro Alfonso IX, era declarado legítimo e inmediatamente comenzaba a figurar en la documentación con título real. En junio de 1177 tiene lugar en Tarazana, una reunión de los reyes de León, Castilla y Aragón; una reunión de familia para tratar diversos asuntos pendientes. Todos los monarcas entienden que ha llegado la hora de reemprender una acción ofensiva contra el Islam. Alfonso I de Portugal realiza una profunda penetración hasta el territorio sevillano; Fernando II penetra en Sevilla; Alfonso VIII conquista la importante posición de Cuenca y Alfonso II de Aragón no quería quedarse rezagado y realizaba una incursión por tierras de Murcia.
En los primeros meses de 1178, Fernando II está preparando su matrimonio con Teresa Fernández de Traba, miembro de ese importante linaje gallego, y recientemente viuda de don Nuño Pérez de Lara. El año 1180 fue pródigo en nulos acontecimientos para Fernando II. A comienzos de febrero la reina Teresa daba a luz un niño, pero pocos días después, como consecuencias debidas al parto, se producía su fallecimiento; era enterrada en el Panteón Real de San Isidoro. Casi inmediatamente fallecía también el recién nacido. En julio moría la infanta Estefanía, hermanastra del rey, casada con Fernando Rodríguez de Castro, y es sepultada también en el Panteón Real.
Prácticamente, tampoco marchaban bien las cosas para los deseos de Fernando II. En marzo y julio reunió sendas curias plenas en Coyanza y en Benavente; de ellas quedó de manifiesto el escaso interés de la nobleza leonesa por las tierras del infantado y la escasez de medios puestos a su disposición. No había otra posibilidad que la negociación para resolver el enmarañado contencioso, y para negociar en las mejores condiciones posibles, se precisaba un reforzamiento propio. El 21 de marzo de 1181, finalmente, Fernando II y Alfonso VIII se entrevistaban en Medina de Rioseco acompañados de importante séquito para firmar un acuerdo que ponía fin a los enfrentamientos.
La partición fue muy complicada. Numerosos lugares tenían una difícil ubicación en un reino determinado, y era una cuestión que lesionaba importantes intereses. La comisión trabajó durante bastantes meses hasta tener listo un acuerdo que se firmó por ambos monarcas el 1 de junio de 1183, estando Fernando II en Fresno y Alfonso VIII en Lavandera, lugares fronterizos de sus respectivos reinos que dan nombre al tratado. No era preciso que un compromiso internacional obligara a Fernando II a reanudar las operaciones contra los almohades, al terminar la tregua a finales de 1183. Como los demás monarcas peninsulares tenía proyectos de acción contra los musulmanes: el suyo consistía en la recuperación de Cáceres. En enero de 1184 sus ejércitos estaban ya ante la ciudad a la que sometieron a un cerco de seis meses; pero no consiguieron rendirla. Fernando II fracasaba, pero tampoco el multitudinario ejército almohade logró éxitos. Acometió Santarem, pero la guarnición portuguesa, un tanto perpleja ante las intenciones del rey leonés, recibió providencial apoyo de Fernando II que acudió rápido desde su centro de operaciones en Ciudad Rodrigo. La retirada almohade tuvo tintes trágicos porque en ella fue herido el califa que, como consecuencia, falleció pocos días después.
No iban a ser las cuestiones bélicas el argumento esencial de estos últimos años del reinado, sino un problema sucesorio en el que tiene gran importancia el crecimiento que han experimentado algunos linajes nobiliarios. Con posteridad a la muerte de la reina Teresa, los Castros habían recuperado el favor real; a su cabeza don Fernando Rodríguez de Castro, el castellano, y con él sus sobrinos, hijos de Diego López de Haro, señor de Vizcaya, que ocupan importantes puestos tanto en Castilla como en León. Entre los hijos de este magnate se halla Urraca López, que se convierte en amante de Fernando II. Desde luego en 1183 da a luz al primer hijo del monarca, García, que falleció pocos meses después. En 1184 nacía un segundo hijo, Sancho, pronto considerado por algunos como verdadero heredero del trono leonés. En mayo de 1187 contraía en León matrimonio Fernando II y Urraca, hecho que planteaba el debate sucesorio desde nuevas perspectivas. La situación del futuro Alfonso IX en la corte se hizo insoportable. Estaban desapareciendo algunos personajes que habían sido claves en el reinado de Fernando II y su puesto estaba siendo ocupado por personajes afines a la nueva reina. Desde finales de 1187 Alfonso no figuraba en la documentación de su padre. Estando en Benavente, Fernando II moría un frío 22 de enero de 1188. Su hijo Alfonso que estaba viajando hacia Portugal desde Orense, por tierras de Limia, recibió la noticia. Reclamó para sí inmediatamente la herencia de su padre, y fue aceptado como rey por la mayor parte de la nobleza que no secundó el intento de Urraca de proclamar a Sancho. La segunda decisión fue recuperar el cadáver de su padre, dispensarle las oportunas honras fúnebres y cumplir su postrera voluntad: ser enterrado en la catedral de Compostela, con la que le unía una larga e íntima relación, y donde reposaban ya algunos de sus familiares.

Alfonso IX (1188-1230)

Alfonso IX, hijo de Fernando II de León y Urraca Alfonso de Portugal, nació en Zamora en el verano de 1171. Deshecho el matrimonio de sus padres por inquebrantable decisión papal, a causa del parentesco entre los esposos, y recluida su madre, en plena juventud, en un monasterio, el niño Alfonso fue criado los primeros años por su nodriza, una señora que tenía fincas en Salamanca y en la ribera del Bernesga. Como era frecuente en la corte de León, el infante heredero de la corona fue educado en Galicia. Alfonso IX tuvo por ayo a don Juan Arias, yerno del conde Fernando Pérez de Traba. Cuando subió al trono tan solo contaba diecisiete años de edad.
El inicio de este reinado fue tremendamente complicado. Al oeste, el rey Sancho I de Portugal; al este, Alfonso VIII de Castilla, que ya tenía en su poder las tierras arrebatadas por doña Urraca; y al sur, el peligro inminente de los almohades. Por si esto fuera poco, Alfonso IX se encontró con las arcas regias muy vacías debido a las muchas donaciones que su padre había hecho, en especial a las Órdenes Militares.
Todas estas adversas circunstancias motivaron a la convocatoria de una Curia Regia por parte de Alfonso IX. Por primera vez en la historia de León, de España e incluso de toda Europa, asisten a la curia ciudadanos representantes de villas y ciudades, además de la nobleza y el clero. Fueron las famosas Cortes Democráticas de 1188, reunidas en el claustro de San Isidoro de León. En estas cortes, además de ampliar los Fueros de Alfonso V del año 1020, se promulgaron nuevas leyes destinadas a proteger a los ciudadanos y a sus bienes contra los abusos y arbitrariedades del poder de los nobles, del clero y del propio rey. Este importante conjunto de decretos ha sido calificado con el nombre de Carta Magna Leonesa.
Alfonso IX, en sus preocupaciones como gobernante leonés, siempre consideró como primordial la amenaza de su primo el monarca castellano. Éste, Alfonso VIII, aprovechando los momentos de confusión e incertidumbre que en el Reino de León siguieron a la muerte de Fernando II, entró en tierras leonesas y avanzó por la Tierra de Campos más allá de la raya señalada por Alfonso VII. Pero después los dos reyes se entrevistaron en Carrión, donde, en la iglesia de San Zoilo, firmaron un tratado de ayuda mutua. Por otra parte, Alfonso buscaba el apoyo de su tío el rey Sancho I de Portugal pactando el matrimonio con Teresa, hija de éste y por tanto prima hermana suya. La boda se celebró en Huesca, pero el matrimonio del rey leonés con la infanta portuguesa fue reprobado, a causa del parentesco, por el papa Celestino III.
En la primavera de 1195, el sultán almohade de Marruecos Abu Yúsuf Yaqub Almansur avanza con sus tropas por tierras de la Mancha contra Castilla. Alfonso VIII se dispone a contraatacar con las suyas y el 25 de julio chocan ambos ejércitos en la batalla de Alarcos, donde el monarca castellano sufre una gran derrota, a consecuencia de la cual pierde Calatrava y varias fortalezas cerca de Toledo. En la batalla de Alarcos no estuvieron presentes los leoneses ni los navarros, que si no ayudaron al rey de Castilla tampoco lo perjudicaron. El monarca leonés sentía cierto rencor hacia su primo el castellano, cuando recordaba la jornada de Carrión donde, al comienzo de su reinado, el rey de Castilla le armó caballero en el monasterio cluniacense de San Zoilo y tuvo que besar a éste la mano de acuerdo con las reglas de la caballería. Después de la batalla de Alarcos, Alfonso VIII se retiró a Toledo, adonde el leonés fue a visitarle. Durante la visita, Alfonso IX reiteró al rey de Castilla su deseo de recuperar los lugares leoneses que éste no le había devuelto, a lo que el castellano se negó; por lo que el rey de León salió de Toledo indignado.
Frente a la coalición de castellanos y portugueses y al inmediato peligro musulmán, Alfonso IX optó por hacer las paces y aliarse con los islamitas. Fue intermediario en los tratos el castellano Pedro Fernández de Castro. En 1196 el ejercito leonés, reforzado con muchas tropas musulmanas y dirigido por el propio rey, avanzó por el territorio de Campos ocupado por Alfonso VIII destruyendo todo a su paso, sin que el rey de León y sus capitanes pudieran impedir los saqueos y destrozos de los auxiliares islamitas en las iglesias cristianas. Este ejército llegó hasta Carrión, donde Alfonso IX creyó vengada la afrenta que siempre consideró haber sufrido allí mismo cuando tuvo que besar la mano de quien después fue su principal enemigo. Después de que las tropas islamitas se hubieran retirado de la frontera meridional del Reino de Toledo, Alfonso VIII, que contaba con el apoyo de Roma, de Portugal y de Aragón, contraatacó con tropas castellanas y aragonesas que, a finales de julio, entaron en el Reino de León devastando todas las tierras por donde pasaban. En el avance fue cautivado el conde Fernando de Cabrera, gobernador de Benavente, con algunos otros señores leoneses leales a Alfonso IX. Las tropas castellanas y aragonesas llegaron hasta Astorga, sin poder conquistarla. Tampoco pudieron conquistar León, pero tomaron por asalto la cercana población de Castro de los Judíos (hoy Puente Castro), cuyas casas y sinagogas quedaron convertidas en escombros y sus habitantes sometidos a cautividad y llevados hacia Castilla y Aragón con todo el resto del botín.
El papa Celestino III intervino de nuevo en la lucha entre los dos Alfonsos, excomulgando al monarca de León y autorizando a los leoneses a tomar las armas contra su rey. De todos modos, Alfonso IX, continuaba en buenas relaciones con las iglesias de su reino y con la catedral compostelana. Los reyes de Castilla y Aragón entraron de nuevo en el Reino de León avanzando hasta Alba de Aliste, de cuya fortaleza se apoderaron. Alfonso IX, enterado de la toma de la población por las tomas castellanas y aragonesas, reaccionó con un fuerte ejército que, bajando por la ruta del Esla, se dirigió al encuentro de estos. Pero el choque armado no llegó a producirse porque el rey de Castilla le interesaba una tregua con los almohades, y el de León trataba de verse libre de tantos enemigos a la vez y de la excomunión papal. Finalmente se firmó un acuerdo y se estableció la paz entre los reyes de León y Castilla. Condición importante en este acuerdo era el matrimonio del monarca leonés con doña Berenguela, hija mayor del castellano, sin tener en cuenta el impedimento religioso del parentesco. La boda se efectuó en el otoño de 1197. En febrero de 1198 los dos monarcas se hallaban en Compostela, adonde habían acudido en peregrinación al santo sepulcro del Apóstol. Todo parecía indicar que con este matrimonio se lograría una paz definitiva entre los dos monarcas y primos, pero al ascender al trono pontificio, el nuevo papa Inocencio III condena inflexiblemente el matrimonio de Alfonso IX con la hija de su primo. La pareja no está dispuesta a separarse, pero en 1204 los reyes tienen que hacerlo después de haber procreado cinco hijos.
En marzo de 1206, Alfonso IX y Alfonso VIII llegan a un acuerdo sobre la herencia del reino leonés en la persona del infante Fernando, hijo de Alfonso IX y Berenguela. En 1208 reunió una curia extraordinaria con asistencia de los magnates, obispos y representantes de las villas más importantes de la corona. En ella se promulgaron leyes, muchas de ellas favorables a la iglesia y sus dignatarios. Así, decretó la exención de tributos de portazgo en todo el reino a favor de las cargas de alimentos destinados a los canónigos de la catedral de León. También donó a la catedral de Compostela tierras de viñedo y sin plantar dentro de la jurisdicción de Toro. Alfonso IX amante de la poesía y de las bellas artes, deseaba desde hacía mucho tiempo llevar a cabo con toda solemnidad la consagración de la iglesia del apóstol patrono de su corona. Después de cuidadosa preparación, la ceremonia se efectuó, con gran pompa, en abril de 1211. Asistieron todos los obispos de Galicia, los de Oviedo, León y Astorga, el de Coria e incluso obispos portugueses, como los de Lisboa y Lamego.
Alfonso de León estaba por entonces en guerra con los portugueses por la posesión de discutidos lugares fronterizos, y en abril de 1212 llegó a conquistar Coimbra, de donde regresó victorioso a León. El mismo año el papa Inocencio III predicó la cruzada contra los infieles por España, Francia, Alemania e Italia. En Roma se tenía conocimiento de la enemistad entre leoneses y castellanos, por eso, el Sumo Pontífice se dirigió a los arzobispos de Toledo y Compostela mandándoles que promovieran la paz entre los reyes cristianos de España para que se prestaran auxilio mutuo en la inminente guerra contra los moros. La iniciativa había partido del rey de Castilla, que envió mensajeros a los de Navarra y Aragón con solicitud de ayuda. También pidió auxilio al rey de León, pero éste, que en principio deseaba acudir a la empresa colectiva, reunió en consejo a sus principales caballeros, los cuales opinaron que debería condicionar su ayuda; por lo que Alfonso de León respondió al rey de Castilla que gustosamente colaboraría si le devolvía los lugares y fortalezas que le había quitado. Como lugar de reunión de las tropas que iban a participar en la campaña se señaló Toledo. Las fuerzas extranjeras (omes de ultrapuertos) que acudieron a la empresa, la mayoría francesas, se concentraron extramuros de la ciudad.
Los ejércitos se pusieron en marcha el 21 de junio de 1212. La avanzada de los cruzados tuvieron su primera actuación guerrera en la toma de la fortaleza de Malagón, donde degollaron a la mayoría de los musulmanes que capturaron en ella. El ejército cristiano siguió hasta Calatrava, donde recibió la rendición Alfonso VIII, que dejó el botín a sus aliados aragoneses y a los cruzados extranjeros. La batalla llamada de las Navas de Tolosa, que culminó el 16 de julio, resultó desastrosa para los musulmanes. La victoria de las Navas de Tolosa despejó el incierto panorama militar de la Reconquista acabando con la amenaza islámico-africana en la península ibérica. En lo sucesivo el predominio de las armas cristianas sería definitivo. En el verano de 1214 murió el infante Fernando, hijo de Alfonso IX y de Teresa de Portugal, quien hubiera podido reivindicar un derecho hereditario preferente frente a su hermano igualmente llamado Fernando e hijo de Berenguela. En octubre del mismo año murió Alfonso VIII, dejando como heredero al trono de Castilla al niño Enrique I. Por otra parte, en 1216 los almohades entran en decadencia en Marruecos ante el predominio de la nueva dinastía de los benimerines, también bereber; declinar que pronto se reflejará en la España musulmana.
Heredó, pues, la corona de Castilla el infante Enrique, que aún no había cumplido los doce años, único barón superviviente de los hijos que Alfonso VIII tuvo con Leonor de Plantagenet. Como pocos días después murió ésta, correspondió la tutela a su hermana Berenguela, la que había sido reina de León. La sucesión en el reino de León no estaba muy clara. Alfonso IX tenía dos hijas mayores, Sancha y Dulce, fruto de su primer matrimonio con la infanta portuguesa, y un hijo, Fernando, de su segundo matrimonio con la castellana Berenguela, ambos enlaces anulados por el papa. La inesperada muerte, en junio de 1217, del rey de Castilla Enrique I a los catorce años de edad, cambió repentina y radicalmente el curso histórico del País Leonés y de Castilla, y puso fin a todas las intrigas en torno a esta complicada minoridad. La corona castellana pasa a manos de su hermana Berenguela, pero ésta, con mucha astucia, consiguió ceder sus derechos al trono a favor de su hijo Fernando, que fue coronado como rey de Castilla el 2 de julio de 1217 en Valladolid antes de que Alfonso IX pudiera evitarlo. Alfonso IX entró en Castilla para hacer valer sus derechos, pero antes las dificultades que encontró y, no queriendo una guerra con su propio hijo, regresó a León, habiendo firmado antes un tratado de paz el 26 de agosto de 1218. Mediante este tratado, León recuperaba la mayor parte de las tierras leonesas en poder de Castilla. A partir de ese año 1218, Alfonso IX prepara una gran cruzada contra los musulmanes. Se encontró con la dificultad de que los portugueses querían las mismas tierras que León. Las relaciones entre León y Portugal no eran buenas. Los portugueses atacan a los leoneses, pero fueron derrotados por Alfonso IX en Braga y Guimaraes. Eliminado el problema con Portugal, Alfonso IX reanudó la cruzada contra los musulmanes a quienes de una manera gloriosa les arrebató las tierras de la extremadura, que, a partir de ese momento, formaron parte del Reino de León. Con el consentimiento del arzobispo de Compostela, Alfonso creó el obispado de Badajoz, cuyo primer titular convirtió la mezquita en iglesia mayor.
De Zamora con gran cortejo y solemnidad salió hacia Compostela para dar, ante su tumba, gracias al Apóstol por el triunfo de aquella campaña. Cerca ya de la ciudad del Apóstol, en Villanueva de Sarria, acabó su vida el 24 de septiembre de 1230. Muy devoto de Santiago y protector de la iglesia compostelana, Alfonso IX de León fue sepultado, por disposición propia, en el panteón de ésta, donde ya reposaban los restos de su primer hijo, Fernando. Alfonso IX fue el último rey privativo de la corona leonesa. Después de él las coronas de León y Castilla ya tendrán reyes comunes. Alfonso IX había otorgado escrito de donación de sus reinos a favor de sus hijas, Sancha y Dulce, sin mencionar a su hijo, lo que dejaba a Fernando en condiciones de perder la corona de León si su hermana mayor se casara. El clero y los magnates de los países de la corona de León se dividieron pronto entre partidarios de las infantas leonesas y partidarios de su medio hermano, y rey de Castilla, Fernando III. Por último, después de muchas gestiones, a finales del mismo año 1230 se firmó un acuerdo entre Fernando y sus hermanas según el cual ellas renunciaron a todo posible derecho al trono de León a cambio de una renta anual de por vida.


Fernando III: rey de Castilla (1217-1252) y León (1230-1252)

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